10 febrero 2008

SI LA TEMPESTAD TIENE TU NOMBRE...

...Este es el artículo que debes leer, escrito en el último Pandemonio de Beto Ortiz, en el diario Perú 21, a raíz de su reencuentro con la selva loretana:



(...) Del mismo modo en que los grandes felinos detectan a kilómetros el perfume de su celo o el humor inconfundible que delata nuestro miedo, esas leves emanaciones catapultan los deseos, los desbocan, los desorbitan. Es por eso que, entre el acero líquido de los ríos y las carnosas heliconias, el amor se vuelve siempre una fiesta de fruta.

(...)Ahora entiendo por qué ese salvaje desmesurado al que llamaban Fitzcarraldo, el loco del caucho, se había obsesionado absurdamente con traer a Caruso para que, a la sombra de las altísimas ceibas, reemplazara a la novena sinfonía de los paiches mientras -cual esclavos egipcios edificando las pirámides- cientos de indígenas morían de extenuación o de malaria, intentando en vano terminar de construir su embarcación enloquecida.

(...)Más que bravatas o alardes de matona omnipotencia, yo siempre he creído que las tempestades no son otra cosa que la culminación de un probable y esporádico onanismo del Creador. Tiene que ser eso lo que ocurre cuando el firmamento todo se estremece y se viene abajo de tan repentina manera: es Papalindo, el grandísimo, que, por obra y gracia de su mano poderosa y de la lujuria infinita de su eterna soltería, no se contiene más y se nos precipita, se nos viene encima el muy bendito.

(...) Es así como ese formidable calato salvaje al que apodamos Dios -blandiendo su líquida cerbatana-nos acribilla a todos sin contemplaciones, con la hermosa ráfaga de su agua maldita, con su alharaquiento láser de científico demente: esa es la solución al secreto mejor guardado de la espesura: las tormentas selváticas son los orgasmos solitarios del Señor.


Buena, ah. Pero mejor si lees
el artículo completo.

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